martes, 26 de febrero de 2008

Definiéndonos... en torno a qué?

“El descubrimiento de América es también el redescubrimiento de Europa”. (Octavio Armand)

Leyendo las cartas de Colón sorpresivamente encontramos referencia de la acertada frase del escritor cubano, que habla de América como una suerte de retrato europeo; en estas cartas Colón dice haber observado unas sirenas en el mar, ignorando la existencia de los manatíes.

“Lo que ignoramos es lo innombrado” –diría Octavio Paz– para justificar en cierto modo como América es descrita desde los ojos europeos.

¿Es nuestra historia algo más que un relato? Es, indiscutiblemente un mestizaje de culturas, de mundos. Lo que hoy nos rodea es una mezcla del viejo y el nuevo mundo, es momento como diría Armand, de descubrir la verdadera América desde los ojos de sus protagonistas.

Nuestra identidad se podría acotar. ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? Ni siquiera sabemos de dónde venimos. Primero deberíamos estudiar un poco nuestra historia, nuestro significado.

América: Mezcla.

Negros, blancos, indios. Somos todos iguales ante los ojos de los otros. Lo vemos todo los días, ese choque de mundos que vive entre la realidad y la fantasía. Ese nuevo mundo como lo imaginaron los españoles, lleno de maravillas e historias fascinantes, criaturas fantásticas y misticismo, se fue desvaneciendo en la medida en que pudieron nombrar a América y pudieron darle un significado que les funcionara para describirla. Así empieza la colonización, la incursión europea desde España y la incursión negra –esclavos–, traídos por los españoles.

El hoy es un resultado de ello.

El buscar una identidad, una razón por la cual sentirse oriundo y orgulloso de su tierra, debería ser algo más que un simple y burdo nacionalismo. En cierto modo ser nacionalista no tiene nada de malo pero el ser impulsivos con lo nuestro nos aleja de lo que el mundo tiene para ofrecernos, para hacernos crecer. No podemos aborrecer a los españoles, ni hacerle guerra como ellos lo hicieron cuando nos colonizaron, pero tampoco podemos caer en la trampa de querer volver al indigenismo que nada tiene que ver con nuestra vida –sólo con nuestra historia–. Reviviendo nuevamente a Armand: “la búsqueda de nuestra identidad a través de un indigenismo cultural nos desprendería de poderosas raíces europeas para aferrarnos a una raíz trunca, de insuficiente continuidad”. Pero pretender ser europeos tampoco es la solución. Entender que nuestro continente proviene en mayor parte de un origen africano-indígeno-europeo, por decirlo de cierto modo, nos hace acreedores de una cultura muy rica y variada, cuya expresión más sorpresiva sería la de San Nicolás reposando a los pies del pesebre donde descansa el Niño Jesús, mientras que éste deja los regalos en el árbol de Navidad o las festividades acompañadas del son de los tambores.

Hay que aborrecer los falsos discursos populistas que propugnan volver al indigenismo y al nacionalismo arcaico –es una hipocresía–. Pero no podemos ignorar nuestras raíces indias, negras y blancas, a la hora de resistirse a los peligros de la nueva colonización –globalización–. Saber aprovechar las bondades de la globalización es permitirle a América seguir siendo América, darle continuidad a esas raíces que menciona Armand, ir evolucionando culturalmente como continente pero sin olvidar de dónde venimos, que es el único modo de entender hacia donde tenemos que caminar. Integrar estos factores, en otras palabras, mantener nuestras tradiciones mientras incorporamos las maravillas de la cultura mundial, es darle un nuevo rostro a nuestra América.

Apartándonos ya de la historia y volviendo al presente, al americano le falta descubrir su identidad. Olvidar esos monstruos del pasado, esas historias fantásticas para empezar a poner los pies en la tierra. Eso se está viendo, en Chile por ejemplo y en Brasil, donde el punto de partida han sido ellos mismos como país, escribiendo un nuevo capítulo donde los protagonistas ya no son los caudillos ni el mundo fantástico. Es esta fantasía que pareciera tener a los políticos bailando en el poder mientras esos monstruos –La CIA, Mr. Bush, la oposición y otro sin fin de criaturas imaginadas– son los responsables de los males de nuestras naciones, como una vez lo hicieran los europeos, ciegamente contamos la misma historia, sumidos entre lo real-imaginario.