No es fácil la tarea. De la dedicación a ser buenos hombres estamos también llamados a ser buenos ciudadanos, partiendo con base en que vivimos en sociedad. Pero esta sociedad no es más que la suma de sus partes, es decir, una sociedad virtuosa está formada por ciudadanos virtuosos, que interesados en el buen obrar trabajen tanto para sí y para los demás. Es notorio ver como no hemos logrado cumplirlo, como nuestras costumbres y tradiciones debilitadas, han hecho que nuestras miserias dominen nuestra voluntad antes indómita. La necesidad se ha convertido en el motor de nuestro obrar más que en nuestro deseo de ser mejores, intentando llenar ese vacío buscando a esos hombres “virtuosos” que nos conduzcan a ese bienestar; hombres que si bien no hemos podido serlo menos habremos podido cultivar. Es entonces cuando me pregunto: ¿Cómo somos capaces de buscar en otros el ejemplo que estamos llamados a dar? Es más fácil tirar la piedra y esconder la mano, que ser honestos con nosotros mismos. Es nuestra falta de voluntad, nuestra conformidad la que nos ha sumido en la total esclavitud pensando que la riqueza nos hará felices.
No es pues cuestión del capitalismo o de los ricos resolver nuestros problemas, más está en nuestros tabúes las enfermedades que nuestra sociedad padece. Nuestro falso deseo de ser alguien nos ha alejado de ser nosotros mismos y de ofrecer a los demás lo que podemos dar. No es eso más cierto que ver por todas partes inmensos establecimientos en los que se educan con grandes costes a la juventud para enseñarle todas las cosas, excepto sus deberes.3
Nos hemos olvidado entonces de nuestra patria. Pero no nos malentendamos. Nuestra patria no nos ofrece más de lo que estamos dispuestos a dar. No es una guerra civil lo que estoy pidiendo, es la reivindicación de la ciudadanía lo que discuto rescatar, del verdadero valor de ser parte de una nación y de trabajar para cosechar los frutos que esta dejará para el futuro, sino ¿Por qué estuvimos dispuestos a aceptar vivir en sociedad si no pensamos trabajar para ello? Es sin duda una pregunta que cada quien debe responderse.
Hemos sido derrotados entonces por el conformismo, mal inherente a nuestra poca voluntad de luchar, mientras vivimos alimentados de nuestras esperanzas vemos como nos derrumbamos, como perecemos ante los vicios y como nos corrompemos en un inevitable intento por mantener una paz cada vez más distante. Nuestras antes valiosas virtudes son ridiculizadas: el justo, el honesto, el humilde, no son más que cuadros en la pared del olvido; no tenemos ya ciudadanos o si todavía nos queda alguno disperso en nuestros campos abandonados, allí perece indigente y despreciado.4
No es una quimera, ni una utopía. Es nuestra verdadera necesidad.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
(1)(2)(3)(4) Jean-Jacques Rousseau